Buscaba un destornillador. Abrí el cajón equivocado del mueble del pasillo y en lugar de herramientas encontré un paquete atado con una liga: cartas escritas a mano, algunas en papel de cuaderno, otras en hojas de carta con el membrete de una empresa que ya no existe. La letra era de mi mamá cuando todavía era joven.
Me senté en el piso del pasillo con el destornillador olvidado. Las primeras cartas eran para mi papá, del año en que se conocieron. Después había otras dirigidas a una amiga, con noticias de un empleo nuevo y de un departamento que se alquilaba barato porque quedaba lejos de todo.
Lo raro de leer eso no es la información sino el tono. Uno conoce a su madre como madre: una voz que organiza, que pregunta si comiste, que se preocupa por el frío. En esas hojas había otra persona, con dudas, con chistes internos, con planes que no salieron y que ella misma contaba con una liviandad que hoy no le sale.
Llamé esa misma noche. Le dije que había encontrado las cartas y hubo un silencio corto, de vergüenza y de sorpresa. Después empezó a contar. Estuvimos casi una hora hablando de gente que yo no conocía y de un barrio que ya cambió de nombre. No lloró nadie. Se rio bastante.
Ese tipo de conversación es difícil de arrancar sin un objeto de por medio. Preguntarle a alguien cómo era su vida a los veinticinco suele dar respuestas cortas. En cambio, una carta, una foto o una receta escrita a mano funcionan como puerta de entrada: hay algo concreto que mirar y las historias salen solas.
Si te toca abrir un cajón así, hay un cuidado que vale la pena. Antes de leer todo, pregunta. No todo lo guardado se guardó para ser leído, y algunas cosas duelen aunque parezcan viejas. Basta con avisar que apareció el paquete y dejar que la otra persona decida qué se abre y qué no.
Después conviene hacer algo mejor que volver a esconderlo. Guardar las cartas en una caja de cartón, con una hoja adelante que diga de quién son y de qué años. Sin esa hoja, dentro de veinte años alguien va a encontrar un paquete de papeles anónimos y no va a saber si tirarlos o no.
Volví al pasillo dos días después y encontré el destornillador en el cajón de al lado, donde siempre estuvo. La reparación que iba a hacer esa tarde sigue pendiente. La llamada, en cambio, se convirtió en costumbre de los domingos.






