Domingo por la tarde, alguien ordena la alacena y encuentra tres latas al fondo. Da vuelta una, lee una fecha del año pasado y la manda directo a la basura sin mirar nada más. Es un gesto rapidísimo y muy extendido, y en muchos casos está tirando comida que todavía servía perfectamente para la cena.
El origen de la confusión son dos frases que se parecen y no significan lo mismo. 'Fecha de caducidad' o 'fecha de vencimiento' marca el límite fijado por el fabricante para consumir el producto. 'Consumir preferentemente antes de' es otra cosa: indica hasta cuándo la marca garantiza el sabor, la textura y el color óptimos.
La segunda frase es, en el fondo, una promesa de calidad y no un límite tajante. Un producto pasado de esa fecha puede haber perdido algo de sabor o de color sin dejar de ser el mismo producto. Por eso la recomendación general de las autoridades de varios países es revisar el producto antes de decidir, en lugar de guiarse solo por el número.
En las latas hay además otra información que importa más que la fecha: el estado del envase. Una lata abollada en el borde, hinchada, oxidada o que pierde líquido se descarta sin discusión, tenga la fecha que tenga. Ese criterio es mucho más confiable que cualquier cálculo mental sobre los meses transcurridos.
Conviene también saber leer el formato. Muchos envases usan el orden día/mes/año y otros mes/día/año, y algunos imprimen además un código de lote que no es una fecha y suele confundirse con una. Si hay dos secuencias impresas, la que interesa es la que aparece junto a la frase correspondiente, no la que está sola.
Un ordenamiento simple resuelve casi todo el problema de raíz: cada vez que llegan las compras, mover al frente lo que ya estaba y poner lo nuevo atrás. Es lo mismo que hacen los supermercados en sus góndolas y funciona igual de bien en una alacena de dos estantes.
Ayuda además guardar las latas de manera que la fecha quede visible sin tener que dar vuelta cada una. Muchas personas escriben el mes con marcador en la tapa al momento de guardar. Cinco segundos por lata y se acaban las decisiones a ciegas los domingos de limpieza.
La regla final es la más vieja y la más sensata: ante la duda, se descarta. Pero la duda debería nacer del estado real del envase y del contenido, no de un número impreso que la mayoría de la gente nunca aprendió a interpretar.






