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De dónde salió la costumbre de entregar medallas y diplomas

Curiosidades · 2026-09-08
De dónde salió la costumbre de entregar medallas y diplomas

Un papel firmado, una cinta al cuello, un aplauso de tres segundos: por qué seguimos organizando ceremonias para eso.

Un salón de escuela con sillas alineadas, un micrófono que anda a medias y una fila de personas esperando que digan su nombre. Cada una sube, recibe una hoja impresa, se da la mano con alguien y baja. Dura dos minutos por persona y la mitad de la familia lo filma completo.

Las ceremonias de entrega existen desde mucho antes de las escuelas modernas. Los gremios de oficios medievales marcaban con actos públicos el paso de aprendiz a oficial, y las universidades más antiguas de Europa ya usaban togas y capuchas para señalar a qué facultad pertenecía cada quien.

Las medallas, por su parte, empezaron siendo objetos militares y deportivos. La lógica era simple: un premio que se cuelga del cuerpo se ve de lejos y se lleva puesto. Un documento hay que desplegarlo; una cinta al cuello cuenta la historia sin que nadie tenga que explicarla.

Lo curioso es que el objeto casi nunca es lo importante. Los diplomas terminan en un cajón, las medallas escolares en una caja con cables viejos. Lo que la gente recuerda es haber sido nombrada en voz alta delante de otros, que es exactamente lo que la ceremonia está diseñada para producir.

Ahí está la clave de por qué la costumbre sobrevive. Un logro privado se olvida rápido; uno reconocido públicamente cambia la manera en que la persona se describe a sí misma. Por eso funcionan igual de bien en un club de barrio, en una empresa o en una entrega de premios enorme.

También cumplen una función para los que miran. Las ceremonias muestran qué valora un grupo: la constancia, el estudio, los años de servicio, el trabajo voluntario. Los padres en las sillas no aplauden solo a su hijo; están aprendiendo qué cosas esa comunidad decidió celebrar.

Hay una versión doméstica de todo esto que funciona sorprendentemente bien. Anunciar en la mesa que alguien terminó algo difícil, aunque sea chico. Poner una foto en la heladera. No hace falta salón ni micrófono: hace falta que se diga en voz alta delante de los demás.

En los trabajos ocurre lo mismo con las versiones modernas. Un correo enviado a todo el equipo mencionando a alguien por nombre, un aplauso en una reunión, un tablero con el trabajo del mes. Cuestan cero y funcionan por la misma razón que las ceremonias antiguas: hacen público algo que de otro modo quedaría entre dos personas y se olvidaría en una semana.

Al final, la cinta y el papel son excusas. Lo que se entrega en esos actos es un momento en que un grupo se detiene y dice el nombre de alguien. Eso es viejísimo y sigue funcionando.

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