Entras a un café vacío a las cuatro de la tarde. Hay doce mesas libres y tardas tres segundos en elegir. No lo piensas, simplemente vas hacia una. Si te preguntaran por qué esa y no otra, probablemente no sabrías responder, y sin embargo la decisión siguió reglas bastante consistentes.
La primera regla casi universal es la espalda cubierta. La mayoría de la gente evita quedar de espaldas a la puerta o a una zona de paso. Se elige la pared, el rincón, el asiento del fondo. No es una decisión consciente: es una preferencia por controlar lo que ocurre alrededor sin tener que girar la cabeza.
La segunda es la distancia. En un espacio vacío, la gente tiende a ocupar los extremos primero y el centro al final. En un colectivo, los asientos individuales se llenan antes que los dobles. En una sala de espera con diez sillas, las dos de las puntas se ocupan primero y la del medio queda para el último que llega.
En restaurantes hay otro patrón conocido por cualquier mesero con experiencia: las mesas junto a la ventana se piden mucho más que las del centro del salón. La ventana ofrece dos cosas a la vez, luz y algo para mirar, y esto último resuelve el problema de qué hacer con los ojos durante los silencios.
En reuniones de trabajo la cosa cambia. La cabecera se asocia con quien conduce, así que muchos la evitan por prudencia y algunos la buscan por lo mismo. Los lugares del medio de un lado largo son los más cómodos para participar sin exponerse, y por eso suelen ser los primeros en llenarse.
También existe el factor de la salida. Quienes tienen poco tiempo o se ponen ansiosos en lugares cerrados eligen instintivamente cerca de la puerta. Es la misma lógica de quien en el cine se sienta en el pasillo o de quien en un avión prefiere el asiento junto al corredor aunque tenga más ruido.
Nada de esto define tu personalidad ni predice tu vida, y conviene decirlo. Son patrones de comodidad, aprendidos y bastante prácticos. Cambian según el país, según lo cansado que estés y según con quién vayas. Alguien que un día busca el rincón, otro día se sienta en el medio sin ningún problema.
Lo entretenido es empezar a notarlo. La próxima vez que entres a un lugar semivacío, detente un segundo antes de elegir y pregúntate qué te llevó a esa silla. Y si vas con alguien, observa qué elige la otra persona. Es una manera barata de descubrir costumbres que ninguno de los dos había mencionado nunca.






