Se apagan las luces, empieza la música y en el escenario hay veinte niños de cinco años vestidos de amarillo. Durante ocho segundos, todo va según lo ensayado. Después uno saluda a su mamá con las dos manos, otro se sienta en el suelo a mirar el techo y una niña canta la canción equivocada con enorme convicción.
Cualquiera que haya ido a un acto escolar conoce ese momento. La coreografía se desarma y aparece algo mucho mejor: veinte personas chiquitas haciendo cada una lo suyo, sin ninguna vergüenza. Los padres se ríen, alguien graba con el teléfono temblando y las maestras miran desde el costado con cara de haberlo previsto.
El desorden no es una falla de la preparación. A esa edad, la capacidad de sostener una secuencia larga frente a mucha gente es limitada, y ver a la propia familia en la primera fila cambia todo el plan. Los ensayos funcionan perfecto en la sala vacía; la sala llena es otro escenario completamente distinto.
Lo interesante es lo que hacen los adultos. En las funciones que salen mejor, nadie corre a corregir. Las maestras dejan que el número siga, marcan el ritmo desde el costado y esperan a que los que se perdieron se vuelvan a enganchar solos, cosa que suele pasar en el estribillo siguiente.
Para las familias, hay un par de cosas que hacen la diferencia. Llegar temprano para sentarse donde el niño pueda verte, saludar con la mano una vez y después bajar el teléfono. Muchos padres cuentan que el mejor recuerdo del acto es justamente el que no grabaron, el minuto en que solo miraron.
También ayuda no hacer una devolución técnica después. Preguntar si se divirtió funciona mucho mejor que comentar que se equivocó en la segunda parte. A los cinco años, lo que queda de una función no es el desempeño, es la sensación de haber estado arriba de un escenario con toda la familia mirando.
Estas funciones tienen un valor que se nota años después. Son la primera vez que muchos niños hacen algo en público, con nervios, ropa incómoda y una responsabilidad compartida. Aunque salga torcido, la experiencia de subir y bajar del escenario deja algo que ningún ensayo puede enseñar.
Al final se apagan las luces, las familias aplauden más fuerte de lo necesario y los niños bajan corriendo a buscar a los suyos. Nadie recuerda quién se equivocó. Se recuerda el amarillo, el ruido y a veinte personas de cinco años saludando al mismo tiempo hacia distintas partes del salón.






