Todas las casas tienen uno y casi nadie lo defiende. Suele estar en la cocina, cuesta abrirlo del todo porque algo se atraviesa, y contiene una colección imposible: destornillador, pilas usadas y nuevas mezcladas, tres cargadores, un manual de un aparato que ya no existe, cinta adhesiva, tornillos sueltos.
Los manuales de organización lo tratan como un fracaso. En la práctica, es una de las zonas más consultadas de la casa. Cuando se corta la luz, ahí está la linterna. Cuando se rompe un botón, ahí está el hilo. Cuando llega un mueble para armar, ahí está la llave hexagonal.
Ese cajón existe porque hay objetos que no pertenecen a ninguna categoría. Un imán, una llave de una cerradura vieja, una batería de reloj. Guardar cada cosa en su lugar exacto exigiría inventar diez lugares nuevos, y nadie tiene ni espacio ni ganas para eso.
El problema no es que exista, sino que se desborde. Cuando ya no cierra, deja de ser un cajón útil y se convierte en un basurero con buena reputación. Ahí es cuando conviene intervenir, sin pretender convertirlo en otra cosa.
La limpieza más eficiente toma quince minutos y tiene tres montones. Lo que se usa de verdad y se queda. Lo que está roto o vacío y se va, incluidas las pilas gastadas, que conviene llevar a un punto de acopio. Y lo que sí tiene lugar propio en otra parte de la casa, que vuelve a su sitio.
Después ayuda dividir el espacio con cajas pequeñas o incluso con envases reciclados: una para pilas, una para cables, una para herramientas chicas, una para cintas y pegamentos. No hace falta comprar organizadores caros; sirven cajas de cartón recortadas a la medida.
Un detalle que cambia mucho es probar las pilas antes de guardarlas y marcar las usadas con un plumón. La mitad del caos de ese cajón es no saber cuáles sirven. Lo mismo con los cables: enrollarlos y sujetarlos con una liga hace que quepan el doble y se encuentren en segundos.
Un buen complemento es tener un segundo cajón parecido en otra parte de la casa. En viviendas de dos pisos o con patio, subir a buscar el destornillador es justo lo que hace que las cosas no se arreglen. Un juego básico duplicado, con tijeras, cinta y un par de herramientas chicas, cuesta poco y ahorra la mitad de los viajes.
Con eso, el cajón sigue siendo el cajón de todo, pero uno que cierra. Y cuando se va la luz un martes por la noche, la linterna aparece a la primera.






