Está en el cajón de abajo, entre bolsas de plástico y tapas sueltas. Tiene la portada despegada, media docena de recortes de periódico metidos entre las hojas y una mancha oscura en la página del arroz con leche. Nadie lo consulta seguido, y a nadie se le ocurriría tirarlo.
El cuaderno de recetas de la casa es uno de los objetos más resistentes que existen. Ha sobrevivido a mudanzas, a remodelaciones de cocina y a tres generaciones de aparatos electrónicos. Sigue ahí porque no compite con el teléfono: guarda otra cosa.
Lo que guarda son las versiones. En internet hay quinientas recetas de flan; en ese cuaderno está la única que sabe como en tu casa, con la letra apretada de quien la escribió y las correcciones encima. Media taza tachada y reemplazada por un poco menos. Una nota al margen que dice sale mejor en la olla chica.
Esas anotaciones son el verdadero tesoro, porque son las que ninguna receta publicada trae. Nadie escribe en un blog que el horno de esa casa calienta más de un lado, ni que hay que dejar la masa reposar hasta que suene la novela de la tarde. Son instrucciones hechas para una cocina concreta.
También hay páginas escritas con otra letra. La de un hermano, la de una vecina que pasó una tarde, la de alguien que copió algo de una caja de galletas hace veinte años. El cuaderno se vuelve, sin proponérselo, un registro de quién estuvo en esa cocina y qué trajo consigo.
Si tienes uno en casa, vale la pena hacerle dos favores. El primero es fotografiar las páginas más usadas, porque el papel viejo se rompe justo por donde más se abre. El segundo es seguir escribiendo en él: agregar lo que cocinas ahora, con tu letra, aunque sean cosas simples.
Y si no tienes ninguno, se puede empezar hoy. Un cuaderno barato, una receta por página y espacio libre debajo para las correcciones. En dos años ya tendrá manchas, tachones y algún recorte pegado con cinta, que es exactamente cuando empieza a servir.
También hay una versión moderna que funciona igual de bien. Un grupo de chat familiar donde alguien manda la foto de la receta escrita, con la letra original, y todos la guardan. No reemplaza el cuaderno, pero resuelve el problema de que exista un solo ejemplar en una sola casa. Con dos o tres personas fotografiando las páginas más importantes, la receta deja de depender de un papel que se puede mojar o perder.
La comida se termina el mismo día. Las instrucciones, escritas a mano, se quedan mucho más tiempo.






