Imaginá una mesa larga con cuatro sillas vacías. Una en la cabecera, una junto a la ventana, una de espaldas a la puerta y una en el medio, entre las otras. Elige la tuya sin pensar mucho. Ahora viene la parte interesante: piensa quién se sentaría al lado sin que se lo pidas.
El juego no predice nada, no adivina tu carácter ni tu futuro. Sirve para otra cosa, que es más útil: obligarte a nombrar personas concretas. Casi todos decimos que tenemos gente que nos apoya, pero muy pocos hicieron alguna vez la lista con nombres y apellidos. Cuando se hace, suele sorprender.
La primera sorpresa habitual es que la lista es corta. Tres o cuatro nombres, a veces dos. Eso no significa que estés solo: significa que el apoyo real siempre fue una cosa de pocos. Las redes amplias sirven para muchas cosas, pero cuando el día se pone difícil son unas pocas personas las que aparecen.
La segunda sorpresa es quién no está. A veces falta alguien que en teoría debería estar: un familiar cercano, un amigo de toda la vida. Y a veces aparece alguien inesperado, un compañero de trabajo reciente, una vecina, alguien que conociste hace poco. La cercanía formal y la cercanía real no siempre coinciden.
Hay una pregunta que conviene hacerse después, y es la incómoda: ¿en la lista de quiénes estás tú? El ejercicio se vuelve mucho más honesto cuando se mira en las dos direcciones. Muchos descubren ahí que reciben más de lo que dan, o que dan mucho a gente que no lo devuelve.
Lo bueno es que la lista se puede cuidar. No requiere gestos enormes: un mensaje sin motivo, acordarse de una fecha, preguntar cómo salió algo que la otra persona te contó la semana pasada. La memoria de los detalles pequeños es lo que sostiene los vínculos con el tiempo, mucho más que las declaraciones grandes.
También se puede ampliar, aunque lleva tiempo. Los vínculos fuertes casi siempre nacen de la repetición: verse seguido, compartir una actividad, coincidir en algo sostenido. Por eso la gente que se anota en un taller, en un equipo o en un grupo de vecinos suele terminar con nombres nuevos en su lista dos años después.
Vuelve a la mesa imaginaria y mira las sillas. La cabecera importa poco. Lo que importa es que las de los costados no estén vacías, y que alguien, en algún lado, esté haciendo este mismo ejercicio y escribiendo tu nombre sin dudarlo.






