Buscaba un destornillador para apretar la bisagra de un mueble y no encontraba la punta correcta. Vació la caja de herramientas sobre el piso del garaje, esa que su esposo siempre organizaba a su manera y que le pedía no revolver. Debajo de las llaves inglesas apareció un bulto envuelto en un trapo: un celular viejo, de los anteriores a las pantallas grandes.
Estuvo unos minutos con el aparato en la mano antes de decidir qué hacer. Lo puso a cargar con un cargador antiguo que también estaba ahí, esperó, y la pantalla se encendió con esa luz verdosa de otra época. No tenía clave. Lo que tenía adentro eran fotos: cientos, todas de los mismos años.
No había nada oculto en el sentido incómodo del término. Eran fotos de la casa cuando se mudaron, del patio antes del árbol, de los chicos chiquitos, de cumpleaños en los que ella aparecía con un peinado que había olvidado por completo. Ese teléfono era, en la práctica, un álbum familiar guardado en el lugar más improbable.
La explicación resultó ser sencilla y bastante conmovedora: él había cambiado de teléfono, no supo cómo pasar las fotos y guardó el viejo para hacerlo con calma algún día. Lo puso en la caja de herramientas porque era el único lugar de la casa donde nadie tiraba nada, y ahí quedó durante años.
Es un problema que tiene medio mundo. Las fotos de un teléfono desactivado son, para muchas familias, la memoria más completa de una década, y están atrapadas en un aparato que se queda sin batería en un cajón. Sacarlas es más fácil de lo que parece y vale la pena hacerlo antes de que el equipo deje de encender.
El camino más simple es conectar el teléfono a una computadora con el cable correspondiente y copiar la carpeta de imágenes directamente. Si el equipo ya no enciende, un servicio técnico puede intentar recuperar el contenido de la memoria. Y si el teléfono todavía funciona pero no tiene cable compatible, hay lectores de tarjetas baratísimos para los modelos que usaban memoria extraíble.
Una vez recuperadas, conviene guardarlas en dos lugares distintos: una carpeta en la computadora y una copia en la nube o en un disco externo. Y ponerles nombre a las carpetas por año. Sin ese paso, las fotos rescatadas terminan siendo diez mil archivos con nombres numéricos que nadie vuelve a abrir.
Ella imprimió doce y las puso en un álbum de tapa dura. Se lo dio a él un domingo, sin explicaciones, abierto en la página del patio sin árbol. Y la caja de herramientas quedó, por primera vez en años, completamente ordenada.






