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La frase que mi papá repetía y entendí veinte años después

Relaciones · 2026-09-08
La frase que mi papá repetía y entendí veinte años después

La decía cada vez que algo salía mal en casa, siempre con el mismo tono, y a mí me sonaba a resignación hasta que me tocó usarla.

Mi papá tenía una frase para todo lo que salía mal. Se cortaba la luz, se rompía la manguera del lavarropas, se pinchaba una rueda en plena ruta, y él decía lo mismo: bueno, ya está, veamos qué se puede hacer con esto. Nunca subía la voz. Nunca decía por qué a mí. Solo pasaba a la parte siguiente.

De chico eso me parecía una forma elegante de rendirse. Yo esperaba enojo, o al menos una queja proporcional al desastre. Su calma me resultaba fría, como si nada le importara demasiado. Recién ahora entiendo que esa calma no era ausencia de fastidio: era una decisión tomada muchas veces antes de que yo naciera.

Lo comprendí una noche de tormenta en mi propia casa, con el agua entrando por debajo de una puerta y dos niños despiertos mirándome desde la escalera. Sentí el enojo subir por completo. Y me escuché decir, exactamente con su tono, que ya estaba y que había que ver qué se podía hacer.

Lo que hizo esa frase en ese momento fue algo muy concreto: cortó el tiempo que uno pierde discutiendo con lo que ya pasó. No cambió la inundación. Cambió el minuto siguiente. En lugar de repasar quién dejó la puerta sin burlete, fuimos por toallas, por el balde y por el trapo.

Con los años vi que esa manera de reaccionar es también una forma de cuidar a los demás. Los hijos leen la temperatura de la casa por cómo responden los adultos ante lo que se rompe. Si el adulto entra en pánico, el problema se agranda. Si el adulto ordena la tarea, el problema se vuelve una tarde incómoda y nada más.

No es negar el enojo. Mi papá se enojaba, claro, pero lo hacía después, contándolo, ya con la cosa resuelta. Primero la acción, después el comentario. Ese orden es lo que a mí me costó veinte años ver, porque de chico solo se ve la superficie tranquila y no el trabajo que hay debajo.

Ahora la frase se me escapa sola y mis hijos la escuchan igual que yo la escuchaba: probablemente les suene a resignación. No pienso explicarles nada. Estas cosas no se enseñan con discurso, se entienden el día que uno está parado en su propia cocina con el agua subiendo y dos personas mirando qué va a hacer.

De todo lo que dejó, esa frase corta es lo que más uso. No arregla nada por sí sola. Solo acorta la distancia entre el susto y la primera acción útil, que muchas veces es todo lo que se necesita.

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