El pastel iba en el asiento del copiloto, sujeto con el cinturón porque no confiaba en las curvas. Era su cumpleaños y le había tocado turno de veinticuatro horas, así que la opción era festejar al día siguiente, cuando llegara a dormir doce horas seguidas, o hacer algo un poco absurdo. Manejé hasta la estación sin avisar.
Lo primero que aprendí es que uno no llega y toca el timbre como quien visita un departamento. Hay un portón, un intercomunicador y un procedimiento. Expliqué quién era, dije el nombre de mi esposo, y del otro lado se escuchó una risa contenida antes de que abrieran. Ahí entendí que no era la primera vez que alguien hacía esto.
El patio olía a jabón y a metal mojado. Había un camión con las puertas abiertas y dos personas revisando compartimentos con una lista en la mano. Alguien secaba mangueras en el fondo. No parecía un lugar de emergencias; parecía un taller ordenado donde todos sabían exactamente qué estaban haciendo.
Él salió limpiándose las manos, con esa cara de no entender nada que uno espera de una sorpresa. Miró el pastel, me miró a mí y dijo lo primero que se le ocurrió, que fue preguntar si había pasado algo malo. Después se rió. Los compañeros aparecieron por todos lados en menos de un minuto.
Comimos de pie, en platos de cartón, junto a la cocina de la estación. Alguien contó una historia de un rescate de gato que terminó con el gato bajando solo. Otro explicó por qué siempre dejan las botas acomodadas en la misma posición, con el pantalón encima, listas para meter los pies en cuatro segundos.
A media rebanada sonó la alarma. Fue rapidísimo y absolutamente ordenado: los platos quedaron sobre la mesa, tres personas ya estaban vestidas antes de que yo entendiera qué pasaba, y el camión salió con las luces encendidas. Me quedé sola en el patio con medio pastel y una sensación difícil de describir.
Regresaron cuarenta minutos después. Terminaron el pastel frío, cantaron con la boca llena y volvieron al trabajo. Nadie hizo un drama del asunto ni lo trató como algo heroico; para ellos fue un martes cualquiera con postre. Yo manejé de vuelta pensando en lo mucho que se acostumbra uno a lo que hace la gente que quiere.
Ahora llevo el pastel a la estación cada año. Y siempre lo corto antes de que suene algo.






