Hay cosas en casa que solo se abren cuando ya hay un problema. El filtro de la lavadora, la rejilla de la campana, la tapa del tanque de agua. Nadie tiene ganas de mirarlas un domingo, y justamente por eso terminan avisando de la peor manera posible.
El primero de la lista es el filtro de la lavadora, casi siempre detrás de una tapita en la parte baja del frente. Se abre con un recipiente y un trapo abajo, porque sale agua. Adentro suele haber pelusa, monedas y algún broche. Limpiarlo mejora el desagüe y evita olores.
El segundo es el filtro de la campana de la cocina. Esas rejillas metálicas se desmontan y se lavan con agua bien caliente y detergente, o se dejan en remojo con bicarbonato. Cuando están saturadas de grasa, el extractor trabaja el doble y ventila la mitad.
El tercero son los desagües del baño y de la cocina. Sacar el pelo acumulado con un gancho es desagradable y toma dos minutos; esperar a que se tape del todo cuesta bastante más. Un chorro de agua muy caliente después ayuda a arrastrar los restos de jabón.
El cuarto es la bandeja o el fondo del refrigerador, donde se juntan restos y humedad. El quinto, la puerta: si la goma perimetral está endurecida o sucia, cierra mal y el aparato trabaja de más. Se limpia con un paño y agua tibia, sin productos agresivos.
El sexto es el botiquín de casa, entendido como caja de cosas útiles: revisar que las tiritas, la cinta y las cosas de curación estén completas y que no haya frascos vencidos para descartar en el punto que corresponda. Y aprovechar para ver que la linterna tenga pilas.
El séptimo es el más olvidado: las llaves de paso del agua. Conviene abrirlas y cerrarlas una vez para que no se traben con el tiempo. El día que haya una pérdida, esa llave que gira suave puede ser la diferencia entre un susto y una inundación.
Conviene agregar una tarea que no es mensual pero que casi nadie tiene anotada en ningún lado: revisar dónde están las cosas que se necesitan en un apuro. La llave de gas, el tablero eléctrico, el matafuegos si lo hay, la linterna. Que todos en la casa sepan dónde están y cómo se usan. Es una conversación de cinco minutos que se hace una vez al año y que se agradece exactamente en el único momento en que no hay tiempo para buscar nada.
Todo junto lleva unos veinte o treinta minutos al mes. Quien lo hace suele elegir un día fijo, como el primer sábado, y ponerlo en el calendario del celular. No es glamoroso ni se ve, pero es exactamente el tipo de tarea que evita los problemas caros.






