Son el animal más ignorado de cualquier ciudad. Caminan entre las mesas de un café, se paran en los cables, se acomodan en la cornisa de un edificio y nadie levanta la vista. Si te sientas quince minutos a mirarlas, sin embargo, aparece un mundo bastante organizado.
Lo primero que se nota es que no andan al azar. Cada grupo tiene su zona y sus horarios. Aparecen temprano donde alguien barre migas, se van a media mañana a los techos con sol y vuelven a la hora del almuerzo, cuando hay gente comiendo en la plaza.
El movimiento de cabeza también tiene explicación. Esa sacudida hacia adelante y hacia atrás cuando caminan sirve para mantener la imagen quieta mientras el cuerpo avanza: adelantan la cabeza, la dejan fija un instante mientras el resto se mueve, y vuelven a adelantarla. Es una forma de ver con nitidez en movimiento.
Las parejas son otro detalle que sorprende. Muchas palomas se emparejan por temporadas largas y se reconocen entre cientos. Se acicalan mutuamente la cabeza y el cuello, que es justo la parte que ninguna alcanza sola, y suelen turnarse para cuidar el nido.
Ese nido, por cierto, es célebre por lo mal hecho. Cuatro palitos cruzados en una cornisa, a veces con un pedazo de alambre o de plástico. No es descuido: eligen repisas protegidas donde la estructura importa menos que el techo que tienen encima.
También son buenas para orientarse. Las palomas mensajeras, que son de la misma especie, vuelven a su palomar desde muy lejos, y la habilidad no es exclusiva de las entrenadas. Una paloma urbana conoce su barrio con un nivel de detalle que ningún vecino tiene.
Si te interesa observarlas, hay dos consejos simples. No hace falta alimentarlas, y en muchas ciudades está desaconsejado porque concentra demasiadas aves en un punto y ensucia fachadas. Basta con sentarse quieto: se acostumbran rápido a la gente que no se mueve.
Otro detalle que sorprende es la variedad de colores. Aunque todas parezcan grises, en un mismo grupo hay ejemplares casi blancos, otros oscuros, algunos con reflejos verdes o morados en el cuello y varios manchados. Si eliges una y la sigues unos minutos, se vuelve fácil reconocerla entre las demás, y la plaza deja de parecer una masa de aves iguales.
Prueba a mirar la próxima vez que estés esperando a alguien en una plaza. Es entretenimiento gratis y está a dos metros.






