Llegas cansado, dejas la valija en el piso y te tiras en la cama. Es lo que hace todo el mundo, y también el motivo por el que muchos problemas de hotel se descubren tarde: el aire acondicionado que no anda, la ventana que no cierra, la caja fuerte trabada. Tres minutos de revisión al entrar, antes de deshacer el equipaje, ahorran bastante.
Empieza por la puerta. Comprueba que la cerradura funcione desde adentro y desde afuera, que la traba de seguridad o la cadena estén firmes y no colgando de un tornillo, y que la puerta cierre sola sin quedar apoyada. Si algo no cierra bien, es el momento de pedir otra habitación: después, con la valija abierta, la mudanza cuesta el triple.
Sigue por las ventanas y el balcón. En pisos bajos, verifica que las trabas funcionen. Muchos viajeros usan el truco simple de apoyar algo que haga ruido si la ventana se mueve, como una botella sobre el marco. No es un sistema de seguridad, pero da tranquilidad para dormir, que es de lo que se trata.
El tercer chequeo es el más aburrido y el que más plata ahorra: el estado del cuarto. Saca fotos de cualquier daño que ya esté, una mancha en el sillón, un vidrio rajado, el control roto. Si aparece un cargo al momento de salir, esas fotos con fecha resuelven la conversación en un minuto.
Después revisa lo que vas a usar sí o sí. Que salga agua caliente. Que el aire o la calefacción respondan. Que haya suficientes enchufes cerca de la cama y que el wifi funcione con la clave que te dieron. Es mucho mejor descubrir un problema a las seis de la tarde, con recepción llena de gente, que a la una de la mañana.
Ubica la salida de emergencia antes de acomodarte. Casi siempre hay un plano detrás de la puerta. Cuenta cuántas puertas hay entre tu habitación y la escalera; si alguna vez hay que salir con poca visibilidad, esa cuenta es lo único que sirve. Lleva veinte segundos y casi nadie lo hace.
Por último, decide dónde va a estar cada cosa importante. Documentos y dinero en la caja fuerte o siempre encima. Llave de la habitación en el mismo bolsillo todos los días. Cargador enchufado en un lugar visible, para no olvidarlo detrás de la mesa de luz, que es el objeto que más se queda en los hoteles.
Ninguna de estas cosas exige desconfiar de nadie. Son la versión viajera de mirar antes de cruzar: rápidas, aburridas y, cuando hacen falta, muy útiles.






