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Los nombres que le daba tu abuela a las cosas de la casa

Curiosidades · 2026-09-08
Los nombres que le daba tu abuela a las cosas de la casa

Palabras que solo se usaban en tu familia, para objetos que hoy nadie llama así y que casi nadie tiene.

Basta con nombrar un objeto viejo en una mesa familiar para que se arme la discusión. Uno dice que eso se llamaba de una manera, otro insiste en que no, que ese nombre era el de otra cosa, y la persona mayor de la mesa zanja el tema con una palabra que nadie más escuchó nunca. Y resulta que era el nombre correcto en esa casa.

Muchas familias tienen su propio vocabulario doméstico. La ollita para calentar leche que tenía un nombre propio. El trapo que solo servía para una cosa. El mueble del pasillo llamado de una forma que no coincide con ningún diccionario. Esas palabras se transmiten de boca en boca y desaparecen en una generación.

Parte de esos nombres son regionalismos legítimos, que cambian de país a país y a veces de provincia a provincia. La misma prenda es un buzo, una sudadera o un suéter según dónde estés. El mismo recipiente es una jarra, un pichel o un pocillo. Nada de eso está mal: son variantes vivas del mismo idioma.

Otra parte son deformaciones familiares con historia. Alguien dijo mal una palabra hace sesenta años, la casa entera la adoptó, y hoy nadie recuerda cuál era el original. Es común que el responsable sea un niño que no podía pronunciar bien algo, y que el apodo le haya quedado al objeto para siempre.

Los objetos que más nombres acumulan son los de cocina, justamente porque son los que más se usan y menos se compran. El colador, el embudo, el mortero, la tabla, el paño. Cada casa tiene su manera de llamarlos y su manera de organizarlos, y las dos cosas se heredan juntas.

Vale la pena hacer un ejercicio concreto en la próxima reunión familiar: pedirle a la persona mayor que nombre diez objetos de la cocina mientras alguien graba con el teléfono. Es una conversación entretenida, dura veinte minutos y rescata un vocabulario que de otro modo se pierde sin que nadie lo note.

También sirve escribirlo. Una hoja pegada dentro de la puerta de una alacena, con los nombres de la casa, suena a broma y termina siendo el documento más leído de la familia. Y si hay recetas asociadas a esos utensilios, mejor todavía: los nombres se recuerdan mucho mejor con un plato al lado.

Estas palabras no valen por ser antiguas. Valen porque son la prueba de que una casa tuvo una manera propia de hacer las cosas. Cuando alguien dice el nombre raro y toda la mesa entiende de qué habla, lo que se está confirmando no es un objeto: es una pertenencia.

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