A las tres de la mañana, con la casa entera dormida, se escucha un crujido en el techo. Después un golpe seco desde la cocina, como si algo se hubiera acomodado solo. Nadie se levanta a revisar, pero todos abrieron los ojos. Las casas hacen ruido de noche y casi siempre por razones bastante aburridas.
El principal responsable es la temperatura. Durante el día, la madera, el metal y el concreto se dilatan con el calor; de noche, al enfriarse, se contraen. Ese movimiento mínimo produce roces entre materiales que se traducen en crujidos. Por eso el fenómeno es más notorio en las primeras horas después del anochecer y en madrugadas frías.
Las cañerías tienen su propio repertorio. El golpe metálico que suena al cerrar una canilla se debe a que el agua se detiene de golpe y la onda de presión sacude el caño. Los ruidos de goteo o de aire circulando aparecen cuando queda aire atrapado en el sistema. Si es constante, un plomero lo resuelve en una visita.
El silencio nocturno hace el resto. De día, esos mismos crujidos existen pero quedan tapados por el tránsito, la televisión, la gente hablando. De noche baja el ruido de fondo varios niveles y tu oído, además, se vuelve más sensible a cualquier sonido aislado. No hay más ruidos: hay menos ruido encima.
También cuenta cómo funciona la atención cuando estás medio dormido. En ese estado el cerebro está a la caza de señales de algo que no encaja, y un crujido aislado se vuelve enorme. La misma madera que crujió a las nueve de la noche pasó desapercibida.
Hay ruidos que sí merecen atención. Un goteo continuo dentro de una pared, un olor a gas junto con un sonido, un chasquido eléctrico repetido en un tablero o un crujido nuevo que aparece después de una lluvia fuerte. Esos no son la casa acomodándose y conviene revisarlos de día, con luz.
Para los ruidos comunes, hay arreglos simples. Ajustar los tornillos de puertas de placard y bisagras. Poner fieltro bajo las patas de los muebles. Y en pisos de madera flojos, un par de tornillos bien puestos eliminan el crujido de esa tabla que suena siempre en el mismo lugar del pasillo.
Con el tiempo, cada casa se vuelve reconocible por sus sonidos. Uno aprende cuál es el crujido del pasillo, cuál el de la ventana con viento, cuál el del calefón. Y cuando ese repertorio se conoce, la madrugada deja de ser inquietante y pasa a ser simplemente la casa respirando.






