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Mi primera clase de yoga a los cincuenta y lo que descubrí

Estilo de vida · 2026-09-08
Mi primera clase de yoga a los cincuenta y lo que descubrí

Llegué convencido de que iba a ser el peor del salón y me encontré con algo bastante distinto a lo que había imaginado.

Llegué quince minutos antes con la certeza de que iba a hacer el ridículo. Había imaginado un salón lleno de gente de veinte años haciendo posturas imposibles mientras yo intentaba tocarme los pies. Lo que encontré fue un grupo de doce personas de edades muy distintas, varias claramente tan nuevas como yo, acomodando colchonetas y conversando de cualquier cosa.

El primer detalle que me tranquilizó fue algo que hice sin saber que era importante: avisar al llegar que era mi primera vez. La instructora me ubicó cerca de ella, me mostró dónde estaban los bloques y las mantas y me dijo una sola cosa antes de empezar, que me sirvió toda la clase: si algo no se puede, no se hace y ya.

La clase resultó menos silenciosa y menos solemne de lo que esperaba. Hubo indicaciones claras, gente que se acomodaba, alguien que se rio cuando perdió el equilibrio. Yo pasé la primera mitad mirando de reojo a los demás, que es exactamente lo que todos los principiantes hacen y lo que todos los instructores saben que va a pasar.

Lo que más me sorprendió fue descubrir cuántas cosas no sabía hacer. No hablo de posturas complicadas sino de básicas: respirar de manera pareja, quedarme quieto sin moverme, distinguir entre incomodidad y molestia real. Nada de eso se aprende en una clase, pero notar que existen ya cambia algo.

También aprendí lo que no hay que hacer y me costó una semana de rigidez. Intenté igualar al de la colchoneta de al lado, que evidentemente llevaba años yendo. La comparación es el error clásico de cualquier actividad nueva y la única forma de evitarla es mirar hacia adelante y aceptar que uno viene de cero.

Para quien esté pensando en probar, hay cosas prácticas que ayudan más que cualquier motivación. Ir a una clase para principiantes, no a cualquier horario. Llevar agua y ropa cómoda que no se suba al agacharse. Llegar temprano para hablar con quien da la clase. Y usar los bloques sin vergüenza, que están ahí para eso.

El otro consejo es sobre la constancia. Una clase sola no dice nada; la segunda y la tercera son las que muestran si el horario funciona con tu vida y si el grupo te resulta cómodo. Muchos abandonan después del primer día por dolor muscular común, que es simplemente lo que pasa cuando el cuerpo hace algo nuevo.

Sigo yendo dos veces por semana y todavía soy de los que menos flexibilidad tienen del salón. Eso dejó de importarme bastante rápido. Lo que gané no fue una postura difícil sino una hora fija en la semana en la que no reviso el teléfono y nadie me pide nada.

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