FlashUnfolded

Ocho formas de usar el jengibre en la cocina y cómo guardarlo

Comida · 2026-09-08
Ocho formas de usar el jengibre en la cocina y cómo guardarlo

Compras un trozo grande, usas una cucharada y el resto se arruga en el cajón: hay maneras simples de evitarlo.

Casi todo el mundo compra jengibre igual: un trozo enorme porque venían pegados, se usa una cucharada rallada para una receta y el resto queda en el cajón de las verduras hasta que se pone blando y arrugado. Es una de las compras que más se desperdicia en las cocinas de casa, y no hace falta que sea así.

Lo primero es pelarlo bien. La piel es fina y las cáscaras del jengibre tienen nudos por todos lados, así que el pelapapas se lleva media raíz. El método que usan en muchas cocinas es raspar con el borde de una cuchara: la piel sale sola siguiendo las curvas y se pierde muchísimo menos. Con un trozo joven y de piel lisa, muchas veces ni siquiera hace falta pelarlo.

Para guardarlo hay dos caminos. Envuelto en papel de cocina dentro de una bolsa cerrada, aguanta varias semanas en el refrigerador sin ponerse blando. Y si compraste mucho, va directo al congelador entero: congelado se ralla mejor que fresco, no se deshilacha y se usa la cantidad exacta sin descongelar el resto.

En la cocina salada rinde bastante. Rallado fino sobre un salteado de verduras al final de la cocción, para que no pierda aroma. En picadillos de carne o pollo junto con el ajo. En un caldo, un par de rodajas gruesas que después se retiran. En una marinada con jugo de limón, aceite y salsa de soya. En todos los casos conviene agregarlo cerca del final: el calor largo apaga su perfume.

En lo dulce funciona mejor de lo que se espera. Un poco de jengibre rallado en la masa de galletas de avena. En una compota de manzana o de pera. En un pan casero junto con la canela. Y en una limonada fría con unas rodajas machacadas, que es probablemente el uso más agradecido de todos en climas calurosos.

Hay una preparación que vale la pena tener lista en la heladera: jengibre rallado mezclado con la misma cantidad de ajo picado y un poco de aceite, guardado en un frasco chico. Es la base de muchísimos platos y ahorra los diez minutos más aburridos de cocinar entre semana.

Un detalle de sabor que sorprende: el jengibre cambia bastante según cómo lo cortes. Rallado se reparte y perfuma todo el plato. En bastones finos se siente en mordidas concretas y queda más picante. En rodajas gruesas apenas aporta un fondo suave. Vale probar las tres formas en la misma receta para entender cuál te gusta.

Y si igual te quedó un trozo pasado de tiempo, todavía sirve: seco y arrugado va bien para infusionar en agua caliente o en un caldo, aunque ya no tenga textura para rallar. Es de esos ingredientes que casi nunca hay que tirar del todo.

Más historias