Estás en una reunión y alguien al otro lado de la mesa bosteza sin hacer ruido. Diez segundos después, tres personas más bostezan. Nadie durmió mal, nadie está especialmente aburrido, y aun así la ola recorre la sala. Basta leer un párrafo como este para que a más de uno se le arme el gesto sin permiso.
Es uno de los contagios más estudiados y más curiosos. No depende del sonido: alcanza con ver la cara de otro, con verlo en una foto o incluso con pensarlo. Tampoco hace falta que la persona esté cerca. Es una respuesta que se dispara antes de cualquier decisión consciente.
La explicación más aceptada apunta a la imitación automática. Somos animales que copiamos gestos todo el tiempo sin notarlo: si alguien sonríe, sonreímos; si alguien cruza los brazos, tendemos a hacerlo también. El bostezo sería una versión especialmente visible de ese mecanismo de sincronización con los demás.
Hay un dato que refuerza la idea. El contagio es más frecuente entre personas cercanas. Con familiares y amigos ocurre más que con desconocidos, y en general aumenta cuanto mayor es la conexión entre las dos personas. Es decir, el contagio parece tener menos que ver con el sueño que con el vínculo.
Otro dato llamativo: en los niños muy pequeños el contagio prácticamente no aparece, aunque sí bostezan por su cuenta. Se vuelve común más adelante, en la misma etapa en que empiezan a leer con más soltura las expresiones de los demás. Eso encaja con la idea de que es un gesto social antes que otra cosa.
El fenómeno también se observa entre especies. Muchos dueños de perros cuentan que su animal bosteza después de verlos bostezar a ellos. En los perros, además, el bostezo aparece en situaciones de tensión, cuando la escena es incómoda o hay demasiada excitación alrededor.
Nada de esto quiere decir que bostezar sea señal de aburrimiento, aunque socialmente se lea así. Aparece al despertar, antes de una prueba difícil, al terminar un ejercicio, en la sala de espera. Por las dudas, en una reunión importante conviene taparlo con la mano: el gesto se interpreta mal aunque no tenga nada que ver.
Es una rareza doméstica que ocurre todos los días y que nadie comenta. Un gesto involuntario, contagioso y más frecuente entre gente que se quiere. Si al terminar de leer esto bostezaste, no fue casualidad: acabas de participar en el experimento más fácil de reproducir que existe.






