Se corta la luz un martes a las nueve de la noche, en plena cena. La casa queda en negro, alguien enciende la linterna del teléfono, y en la búsqueda de las velas se descubre que la caja de fósforos está vacía desde hace meses. La escena se repite con una fidelidad notable en todas partes.
Lo primero que conviene resolver es la iluminación, y no con velas. Una linterna a pilas por persona, guardada siempre en el mismo lugar, es más segura y más útil. Las velas encendidas en una casa a oscuras, con gente moviéndose y mascotas circulando, son una fuente conocida de accidentes domésticos.
El segundo punto es la energía del teléfono. Una batería portátil cargada, guardada en el mismo cajón que las linternas, cambia por completo la experiencia de un corte largo. Conviene cargarla el primer día de cada mes, junto con alguna otra rutina que ya tengas, para no olvidarla.
El tercero es el agua. Si tu edificio o tu casa dependen de una bomba eléctrica, cuando no hay luz tampoco hay presión de agua. Tener un par de botellas grandes llenas resuelve la cocina, el baño y las manos durante las primeras horas sin necesidad de salir a buscar nada.
En cuarto lugar, la comida. No hace falta una despensa de emergencia: alcanza con saber que la heladera cerrada mantiene el frío varias horas y que abrirla cada diez minutos es lo peor que se puede hacer. Tener algo listo para comer sin cocinar evita abrirla por curiosidad.
Conviene además dejar por escrito, en un papel pegado adentro del cajón, el número de la empresa eléctrica y el del administrador del edificio. Cuando la pantalla está al diez por ciento, buscar un número en internet es exactamente lo que no quieres estar haciendo.
Hay un detalle que muchos descubren tarde: los portones eléctricos y algunos edificios quedan bloqueados sin corriente. Vale la pena averiguar de antemano dónde está la liberación manual y quién tiene la llave, en un momento tranquilo y con luz de día.
Si el corte se extiende muchas horas, hay una precaución conocida para el freezer. Se congela un vaso con agua y se apoya una moneda encima; si al volver la luz la moneda quedó en el fondo, el contenido se descongeló y volvió a congelarse mientras nadie miraba. Es un truco viejo y sigue siendo la manera más simple de saberlo.
Todo esto entra en una caja de zapatos en el mueble de la entrada. Se arma en veinte minutos, se revisa dos veces al año y, la noche que hace falta, convierte un problema en una molestia menor.






