Dos letras en una puerta y todos entendemos. Funcionan igual en un café de Bogotá, en una estación de tren europea y en un aeropuerto asiático. Es una de las abreviaturas más universales que existen y, curiosamente, casi nadie sabe qué palabras representa.
WC viene del inglés water closet, que se traduce literalmente como armario de agua. El nombre describe exactamente lo que era: un cuarto pequeño, del tamaño de un ropero, dedicado únicamente al inodoro con descarga de agua.
La distinción tenía sentido en su momento. En las casas donde empezó a instalarse este sistema, el cuarto de baño con tina era una habitación aparte. El water closet era el otro espacio, más chico, separado, y por eso necesitaba su propio nombre.
Cuando esa tecnología se extendió por Europa, la etiqueta viajó con ella. Los planos, catálogos y manuales venían en inglés, y la abreviatura se quedó pegada al objeto igual que ocurrió con otras palabras técnicas de la época.
Ahí está la razón de su éxito posterior. Ninguna de las dos letras significa nada para la mayoría de quienes las leen, y justamente por eso funcionan: no compiten con el idioma local, no hay que traducirlas y se entienden por costumbre, como un símbolo más.
Cada idioma conservó además sus propias formas. En español se dice baño, servicio o sanitario según el país; en otros lugares se usan palabras que hablan del lavado o del descanso. Casi todas son rodeos amables, y WC es simplemente el rodeo que se volvió internacional.
Hoy convive con los pictogramas. Las siluetas se pensaron para que nadie necesite leer, pero en muchos edificios se colocan las dos cosas: el dibujo para quien mira de lejos y las letras para quien duda del dibujo.
Las señalizaciones cambian según el lugar y eso confunde a más de un viajero. En algunos países la puerta dice damas y caballeros, en otros aparecen palabras que no se parecen a nada conocido, y en varios aeropuertos se optó por poner las tres cosas: pictograma, palabra local y las dos letras de siempre, por si acaso. El resultado es una puerta que informa dos veces lo mismo, por si el viajero no confía en el dibujo ni entiende el idioma local.
Lo entretenido del asunto es cuánto tiempo puede sobrevivir una palabra después de que su objeto cambió. Ya casi no existen esos armarios diminutos con un solo mueble adentro, pero seguimos señalando la puerta con el nombre que les pusieron.






