La sala de reuniones estaba llena cuando entró el equipo de la otra empresa. Ella saludó uno por uno hasta llegar al tercero, y ahí la mano se le quedó un segundo de más. Esa cara la había visto todos los días entre los doce y los diecisiete años.
El reencuentro laboral con alguien del colegio es una situación que casi nadie ensaya y que ocurre bastante. En ciudades medianas es casi inevitable: las mismas escuelas alimentan las mismas carreras, y veinte años después la gente termina sentada en la misma mesa por motivos completamente distintos.
Lo primero que aparece no es un recuerdo, es una sensación. El cuerpo reconoce antes que la cabeza y devuelve, sin permiso, el clima de una época entera. Puede ser una etapa linda o una bastante difícil, y en ambos casos la reacción llega antes de que uno decida qué hacer con ella.
Después viene la pregunta práctica: ¿mencionarlo o no? No hay una respuesta única. Nombrarlo con naturalidad, del tipo «creo que fuimos al mismo colegio», suele destrabar la incomodidad y permite seguir con la reunión sin que el tema quede zumbando en el fondo de la conversación.
También sirve recordar que veinte años son muchos. La mayoría de las personas cambia bastante, y quien fue insoportable a los quince puede haber pasado por experiencias que lo volvieron alguien completamente distinto. Suponerlo no es ingenuidad: es simplemente darle a la otra persona la misma oportunidad que uno querría.
Al mismo tiempo, nadie está obligado a hacer las paces. Si esa etapa dejó recuerdos malos, se puede trabajar con alguien con total profesionalismo sin convertirlo en un amigo ni tomar un café para hablar del pasado. La cordialidad no exige reconciliación.
Lo que suele sorprender más es la propia reacción. Mucha gente descubre que al reencontrarse siente menos de lo que esperaba, o que le da curiosidad en lugar de rechazo. La versión de uno mismo que sufría en ese pasillo del colegio ya no es la que está sentada en la reunión.
Hay algo útil en estos encuentros: sirven para medir el camino recorrido. Estás ahí por tu trabajo, con un rol y una responsabilidad que conseguiste tú. Ese dato es más sólido que cualquier conversación pendiente y no necesita ser dicho en voz alta para funcionar.
La reunión terminó como cualquier otra, con carpetas cerrándose y sillas moviéndose. En el ascensor él dijo el nombre del colegio y ella asintió. Fue todo. A veces el capítulo se cierra así, sin discurso y sin ceremonia, en un viaje de siete pisos.






