La decisión no tuvo nada de heroica. Una tarde de domingo, cansado de haber pasado dos horas mirando videos que no recordaba, un amigo mío borró las aplicaciones de su teléfono. No cerró las cuentas, no publicó una despedida dramática, no le avisó a nadie. Solo dejó de tenerlas a un toque de distancia y decidió aguantar seis meses.
La primera semana fue la más rara. Contaba que el pulgar iba solo al lugar donde antes estaba el ícono, varias veces por hora, sobre todo en los momentos muertos: la fila del banco, el semáforo largo, los cinco minutos antes de dormir. No era ansiedad por las noticias. Era un gesto automático buscando algo que ya no estaba.
Al mes empezó lo interesante. Los ratos vacíos seguían apareciendo, pero ahora había que llenarlos con otra cosa. Volvió a llevar un libro en la mochila. Empezó a hablar con la señora del kiosco. Descubrió que el trayecto en autobús duraba veintiocho minutos, un dato que en años nunca había registrado porque nunca había mirado por la ventana.
También aparecieron las pérdidas, y no conviene disimularlas. Se enteró tarde del cumpleaños de dos amigos. Se perdió una salida grupal que se organizó por un chat que él ya no abría. Un primo le reclamó que se había vuelto ermitaño. Salirse de esas plataformas tiene un costo social real y quien diga lo contrario no lo intentó.
Su solución fue simple: avisar. Le escribió a un grupo chico de gente diciendo que si había planes, se los mandaran por mensaje directo. Funcionó mejor de lo que esperaba. Descubrió que la mayoría de las invitaciones que se pierden no se pierden por falta de aprecio, sino porque nadie quiere repetir la información dos veces.
Lo que más le sorprendió fue otra cosa: la cantidad de opiniones que dejó de tener. Antes discutía mentalmente con desconocidos durante el día, sobre temas que no le tocaban en nada. Eso se apagó. No se volvió más sabio ni más tranquilo por naturaleza; simplemente dejó de recibir material nuevo para pelear cada mañana.
A los seis meses volvió a instalar una sola aplicación, sin notificaciones y sin dejarla en la pantalla principal. La abre unas dos veces por semana. Dice que la diferencia no está en el tiempo total, sino en quién decide el momento. Antes la aplicación lo llamaba a él; ahora la busca cuando tiene ganas.
No hace falta un experimento de medio año para probar algo parecido. Sacar el ícono de la pantalla principal, apagar las notificaciones o dejar el teléfono en otra habitación durante la cena ya cambia bastante el día. Lo importante no es la abstinencia. Es notar cuántas veces al día abrimos algo sin haberlo decidido.






