Pasás la mano por la puerta de la alacena que está encima de la cocina y se queda pegada. No es suciedad visible: es una película delgada, amarillenta, que se formó con meses de vapor, aceite en suspensión y polvo. El trapo húmedo la corre de lugar, pero no la saca.
Esa capa se forma porque al cocinar se libera grasa en forma de vapor que sube y se deposita en las superficies más cercanas. Los muebles altos, la campana y la pared detrás de la hornalla son los que peor la pasan. Con el tiempo, la película endurece y atrapa polvo, que es lo que le da el color.
El primer paso, y el que más resultado da, es usar agua caliente en lugar de fría. El calor ablanda la grasa y hace la mitad del trabajo. Mojá un paño en agua bien caliente, escurrilo y dejalo apoyado unos minutos sobre la zona más pegajosa antes de empezar a frotar.
Después viene el desengrasante. Un detergente de cocina común, el mismo que usás para los platos, funciona bastante bien diluido en agua caliente, porque está diseñado exactamente para disolver grasa. No hace falta un producto especial en la mayoría de los casos: hace falta paciencia y tiempo de contacto.
Para las zonas más rebeldes, una pasta de bicarbonato con unas gotas de agua aplicada con el dedo y dejada actuar unos minutos suele levantar la capa endurecida. Frotá siempre en el sentido de la veta de la madera y con una esponja suave, nunca con el lado verde abrasivo, que raya y deja la superficie opaca.
Un detalle importante: probá cualquier producto primero en una zona escondida, como la parte interna de una puerta. Algunos acabados de melamina y algunas maderas lustradas reaccionan mal a los productos fuertes. Es un minuto de precaución que evita arruinar la puerta más visible de la cocina.
El enjuague es el paso que más se saltea y el que define el resultado. Después de desengrasar hay que pasar un paño solo con agua limpia, cambiándola varias veces, y después secar con un paño seco. Si queda producto sobre la superficie, la grasa nueva se pega mucho más rápido que antes.
Para no repetir la limpieza profunda cada seis meses, alcanza con dos costumbres. Usar el extractor o abrir la ventana cada vez que se cocina con aceite, y pasar un paño con agua caliente y detergente por las puertas cercanas a la hornalla una vez por semana. Cinco minutos que evitan una tarde entera de trabajo.






