Queda un frasco con dos pepinillos flotando y bastante líquido. La costumbre manda vaciarlo en el lavaplatos y enjuagar el vidrio. Sin embargo, ese líquido es una mezcla ya lista de vinagre, sal y aromáticos, y en la cocina eso vale más de lo que parece.
El uso más directo es en aliños. Un par de cucharadas reemplazan al vinagre en una vinagreta y aportan además el sabor de las especias que traía el frasco: eneldo, mostaza en grano, ajo o pimienta, según la marca. Aceite, un poco de este líquido, sal y ya tienes un aderezo con carácter. Conviene colarlo antes de usarlo, porque las semillas y los restos de especias cambian la textura de la vinagreta.
Funciona muy bien en ensaladas de papa y de repollo, que piden acidez para no quedar pesadas. También en las mezclas que llevan mayonesa: una cucharada corta la untuosidad y hace que el plato se sienta más liviano sin cambiar la textura.
Otro destino son las salsas frías. En una mezcla con yogur natural, un poco de mostaza y hierbas picadas queda una salsa para acompañar papas al horno, sándwiches o pescado. Se prepara en dos minutos y usa algo que ibas a botar de todas formas.
Sirve además para encurtir de nuevo. Si el frasco todavía tiene líquido suficiente, puedes agregar cebolla morada en tiras finas, zanahoria en bastones o rabanitos cortados. Al día siguiente ya están listos y tienen ese punto ácido que va bien con carnes, tacos y arepas. Las verduras cortadas finas quedan listas antes; las gruesas necesitan dos o tres días para tomar sabor.
En marinadas también cumple. Un rato de reposo con este líquido y algunas especias antes de cocinar carne de cerdo o pollo deja un sabor distinto al del limón o el vinagre solo. Media hora es suficiente; más tiempo puede cambiar demasiado la textura de la superficie.
Un par de precauciones prácticas. El líquido es salado, así que conviene ajustar la sal del plato después de usarlo, no antes. Y como todo lo que se guarda abierto, tiene su tiempo: si cambió de color, se ve turbio o huele distinto a lo habitual, va directo al lavaplatos sin dudar.
Es un hábito pequeño, del tipo que no cambia una cocina pero la hace más ordenada. Aprovechar hasta el final lo que ya está en el refrigerador es, en la práctica, una de las maneras más simples de gastar menos y cocinar con más sabor.






