Un verano de la infancia parecía no terminar nunca. Las vacaciones de enero daban para aburrirse, inventar juegos, cansarse del mismo patio y volver a empezar. Hoy la misma cantidad de días se pasa entre dos reuniones y un fin de semana ocupado, y uno se descubre diciendo la frase de siempre: ya es diciembre otra vez.
Una parte de la explicación es matemática. Para alguien de seis años, un año representa una sexta parte de toda su vida: es un bloque enorme. Para alguien de cuarenta, el mismo año es una cuarentava parte. Aunque dure exactamente lo mismo, pesa mucho menos dentro del total que uno lleva vivido.
La otra parte tiene que ver con la novedad. El cerebro guarda con detalle lo que no conoce y resume lo que ya domina. La infancia está llena de primeras veces: la primera bicicleta, la primera vez que te pierdes, el primer viaje largo. Cada una deja marcas abundantes, y al recordarlas ese período parece extenso.
La vida adulta, en cambio, es en buena medida repetición. Mismo camino al trabajo, mismos horarios, mismo supermercado, mismo recorrido de los martes. El cerebro no necesita registrar cada versión de algo que ya vio doscientas veces, así que las comprime. Semanas enteras quedan guardadas como una sola escena borrosa.
Curiosamente, esto genera un efecto contradictorio. Un día repetido se siente lento mientras ocurre y desaparece al recordarlo. Un viaje de cinco días agotador se siente intenso en el momento y después parece haber durado dos semanas. La sensación de duración cambia según si uno mira hacia adelante o hacia atrás.
De ahí sale la única receta razonable: sumar variedad, aunque sea mínima. Volver a casa por otra calle. Cocinar algo que nunca hiciste. Conocer un barrio de tu propia ciudad. No hace falta un viaje al otro lado del mundo; alcanza con romper la plantilla lo suficiente para que el cerebro tenga algo nuevo que anotar.
También ayuda dejar constancia. Una foto por día, tres líneas en una libreta, un mensaje guardado. Cuando llega diciembre y aparece la sensación de que el año se evaporó, mirar ese registro cambia la conclusión: pasaron muchísimas cosas, solo que ninguna se guardó en un lugar visible.
Nada de esto detiene el calendario. Pero saca la sensación del terreno del misterio y la pone en un lugar más manejable. Los años no se aceleran; nosotros dejamos de registrarlos. Y eso, a diferencia del tiempo, es algo sobre lo que sí se puede hacer algo un martes cualquiera.






